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¡El tomate ha muerto! ¡Viva el tomate! Cuate...

Ni templarios ni ciudades místicas... Para efectos paranormales la ilustre villa de Madrid, desde la Puerta del Sol a mucho más allá de los Carabancheles, que en mucho menos de cuatro milenios se ha ganado un puesto interplanetario como decadente villa y corte de los milagros más estrafalarios.

Defiendo que en el centro de Madrid se puede percibir sin gran atención un oscuro centro magnético de poder lozano y perverso, campechanamente destructivo, que aumenta los niveles de gravedad haciendo que los edificios sean mucho menos estables, los líderes políticos mucho más dañinos –no, no es que nuestra Esperanza sea de natural malvada y odie a los ciudadanos normales, es sólo la paranormal influencia en su salud psicosocial de ocupar un mal lugar de trabajo- y que en general todos los políticos trepadores, displicentes, faraónicos y felones den con sus huesos en esta pequeña península entre ríos imposibles. Así, así, así se convirtió este poblaco manchego en la capital de todas las Españas.

Una de las más peculiares y recientes manifestaciones de esta influencia inmemorial –junto a la continua aparición y desaparición de agujeros, túneles y zanjas de las que salen peregrinos de todas las religiones, convenciones y galaxias- es la que podríamos llamar cuestión hortofrutícola -una trágica y verdadera desgracia culinaria-: desde el centro de Madrid y hasta un radio de más o menos 50 km. a la redonda, no hay fruta, verdura u hortaliza que tenga algún recuerdo de sabor digno de su nombre... y el pico de desgracia culinaria lo asume de forma aglutinadora y con una desgracia paradigmática el tomate.

Hasta tal punto es empírica esta solanácea tragedia que bastaría para su demostración positiva partir el tomate en el dichoso km. 0 de la Puerta del Sol e ir probándolo bocado a bocado, sólo ese tomate, para descubrir, poco más allá de Perales del Rio que ese tomate mismo empieza a recuperar poco a poco su sabor para, al fin, bien pasado Villaconejos, reencontrarse con el sabor que en algún momento le dio su sagrado nombre de ombligo de la huerta.

¿Cabría extrapolar esta degeneración orgánica más allá de la fruta? Se han referido casos en la más esotérica literatura clínica de perfectos zotes camuflados de probos funcionarios que recuperan la brillantez intelectual y las ganas de vivir a nada que trascienden la sierra de Guadarrama e incluso dicen que algunos camareros “de los de toda la vida” han conseguido recuperar olvidadas fórmulas de cortesía e incluso un habla exenta de onomatopeyas a nada que han dejado bien atrás el río Manzanares o el arroyo Abroñigal.

Cierto es, en cualquier caso, que donde no llega el dinero basta salir de Madrid para disfrutar una pura orgia de sabor, del encanto de apetitosas ensaladas, de gazpachos, de salmorejos, de quesos con tomate... Una sinfonía perfecta de aroma, gusto y sabor... de verdad.

Nada que ver con la penosa oferta del mercado matritense, repleto de replicantes vacíos en su brillo de cera sin sabor alguno... y por supuesto con unos tomates, unos calabacines, unas lechugas y unos melocotones más falsos que el billete griego de seis euros.

Snif, snif... ¡Lo que se parece en Madrid el mercado de fruta al de valores! ¡Qué harta estoy de los fenómenos paranormales adversos!

Comentarios

03/09/2013 19:03:52

Vivan los tomates de El Torno!!!!!

Gloria

21/10/2011 13:01:04

Muy divertido y muy cierto. Me encantan tus páginas y tus recetas.

Lina

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