Se parte del gang: recibe emails de novedades, recetas y chismorreo


Reflexiones prenavideñas y pollo Kiev para mi amor.

Ayer tuve un juicio con un menor que conozco desde hace dos años. Las designaciones de oficio en asuntos de menores son para el mismo abogado desde el primer “incidente” del menor hasta que cumple la mayoría de edad y dejan de estar sujetos a esta jurisdicción, de manera que el seguimiento en primer plano de la vida de algunos adolescentes permite un acercamiento muy privilegiado a la evolución de la vida de los más jóvenes, los que empiezan por la pared más difícil la escalada de la vida, un acercamiento que a unos jóvenes que como tales son siempre un gran reflejo exagerado y caleidoscópico de la realidad social.

Mi relación con el muchacho del juicio de ayer empezó fatal, era imposible tener contacto visual con él, no había comunicación de ningún tipo, ni siquiera un resquicio para contactar con él, ni yo, ni su madre... los mayores éramos parte de eso contra lo que dirigía todas sus iras. Hoy en el juicio no podía dejar de mirarle con ternura y hasta con cierto aprecio, llevamos ya juntos unos 7 juicios (todos por asuntos menores, perteneció a una banda latina, lesiones, hurtos, desobediencias, algún robo de más importancia), ahora se encuentra en un Centro Cerrado, el internamiento más duro para un menor pues este verano se fugó de otro Centro con un régimen menos severo porque su novia –hasta ese momento- volvía a Colombia y quería pasar el último mes de estancia en España con ella (casi lo entendí, con 16 años esos amores imposibles...).

Desde hace más de un año Sergio asume, diría yo que hasta con nobleza, las consecuencias de sus tropelías, tiene una renovada relación amorosa con su madre, a la que espera no volver a dar más disgustos cuando termine con la retahíla de juicios pendientes. Desde luego que ha cometido errores, pero quiere salir adelante y en sus ojos se observa esa dignidad ingenua del que todavía es muy joven, esa que todavía tiene sus propios códigos, todos muy tribales y de pertenencia a un grupo, a sus amores..., quien no recuerda lo sabio y maduro que se sabía a esa edad.

La penalidad del menor, del adolescente, tiene que ver mucho con una fase muy compleja del desarrollo personal de todos nosotros (unos con un entorno social, cultural, afectivo y económico más fácil que para otros), en la que a veces por pertenencia a un grupo determinado de iguales se cometen muchos errores, errores que es verdad que no sólo pagan ellos, pero errores que en la mayoría de los casos somos nosotros, los adultos, con nuestras estructuras educativas y familiares los que somos racionalmente culpables por incapacidad (hay vidas cada vez más difíciles) y también por una mezcla letal de ignorancia y negligencia mucho más extendida de lo que a veces creemos.
Y por no trasladar a nuestros hijos el respeto, la empatía y la generosidad necesaria para mirar el mundo, a sus padres, a su familia y al mundo entero con optimismo crítico y dignidad militante. Por no reconocer en ellos el orgullo de hacer de nosotros mismo personas mejores, personas de provecho para nosotros mismos y para el mundo entero. Por despreciar tantas veces que en la educación, como en la vida, hay que hacerlo todo con amor, hasta el reproche más duro.

Este chico no es un caso raro, es el paradigma del menor conflictivo, en su casa y en la sociedad, los hay a cientos, los que lloran amargamente por ira, por desesperanza, porque no comprenden nada, antes de entrar a su juicio, los que impotentes se ven inmersos en Centros gestionados por entidades privadas obsesionadas por el lucro y en los que su reeducación no es el objetivo si no la represión más fría.

Recuerdo a varias chicas y chicos a los que ya he perdido de vista -porque ya se hicieron mayores-. No hace tanto me encontré con una de estas menores saliendo del metro: había encontrado trabajo y vivía con su novio (se la veía feliz), recuerdo otra que se fue con su madre lejos de Madrid a empezar de nuevo después -eso sí- de un duro internamiento en un Centro en el que le prohibieron todo contacto con su familia, ni visitas ni comunicaciones, y las únicas llamadas largas y llorosas eran conmigo (¡cómo y a cambió de qué se puede hacer eso con una niña de 16 años!). El chico de hoy habla por fin con ternura de su madre, hasta reclama en mi cierta cercanía personal. Algunos podrán recuperar sus vidas para devolverles a este mundo, en el que parece ser minoritario, eso que debían tener inscrito como la mejor herencia; defenderse con orgullo y responder con indignación a la injusticia.
Otros dedicarán su vida al hacer del mundo un lugar peor a cambio de la miseria, endureciéndose, intoxicándose, destruyéndose.

Hoy le dedico este post (y la receta) a Pablo, en la encarnación casera de su comida favorita cuando vivía en Inglaterra, el pollo Kiev, por la generosidad y la benevolencia de su mirada y por repetirme hasta la saciedad que el recelo y la desconfianza se vuelven contra uno mismo y por demostrarme tantas veces que la bondad sólo es el privilegio de la inteligencia, del conocimiento... un conocimiento que es cada vez más un lujo que esta sociedad no se quiere permitir, al menos no con todo el mundo.

Es verdad que en España el pollo Kiev no es muy conocido, pero por lo visto en Inglaterra es un plato festivo muy popular por disfrutar de especial aceptación entre los jóvenes y adolescentes –ya no es un plato infantil- de la familia. Como curiosidad, es el primer plato precocinado que sacó a la venta Mark Spencer en 1976 y siempre se puede encontrar una versión de él–mejor o peor- en los peculiares restaurantes de cualquier universidad inglesa. Aquí está la mía:

Ingredientes

Mantequilla Maitre d'hotel, es decir, la que se hace con 100 gramos de mantequilla, aderezada con 4 dientes de ajo, perejil, zumo de un limón, sal y pimienta.
2 pechugas de pollo, abiertas cada una de ella en un solo filete
, huevo batido
, harina y pan rallado.

Acompañamiento de patatas encebolladas.

Procedimiento

Preparamos la mantequilla moviendo hasta conseguir un punto pomada, mezclamos en un mortero con el ajo y el perejil machacado para luego añadir el zumo de un limón, la sal y la pimienta. Hacemos un rulo con ella y reservamos.

Una vez que tenemos preparada la mantequilla, cogemos cada uno de los filetes de pechuga de pollo y los salpimentamos. Ponemos en su interior el rulo de mantequilla y envolvemos de manera que nos quede una forma como de pechuga completa.

Empanamos en huevo primero y luego en pan rallado. Freímos rápidamente en un poco de aceite hasta que cada una de las pechugas esté doradita... y también reservamos.

Pelamos dos patatas y una cebolla y las ablandamos un poco en el microondas durante 15 minutos a máxima potencia.

Ponemos en una bandeja de horno las pechugas y las patatas encebolladas y metemos al horno precalentado a 175 grados durante 20 minutos.
Y servimos bien caliente.

P.S. Hoy dejo la comida en el horno, me voy a comer con dos amigas a un japonés, ha sido nuestro cumple...

Comentarios

02/02/2013 17:49:35

Very nice site!

Pharmf289

02/02/2012 15:11:36

No había probado nunca esta receta, parece interesante. El enlace a Amnistía Internacional muy bueno, tus comentarios también. Enhorabuena por el blog.

Mariano

¿Qué opinas?

Nombre:
Email:
Comentario:



Dibuja la forma debajo (pa´ evitar spam):

Más blog

Podemos. Vota!

Cocinando encuestas

Manitas de cordero y Freud

Krantz de chocolate del sr. Ottolenghi

Vestiduras

Para ti

Arroz con Carabineros

Pastel Vasco

Beatus Ille

Macarrones Cardenal y el Telediario

Del pretendido cierre del Colegio San Ildefonso

Provoleta de Verduras

Judias Blancas con Oreja

Archifamoso Bizcocho de Yogur

Guiso para corruptos

Te deum gracias

Dumas y la cocina de pueblo

A nuestro querido Martin

No se por que, pero me mola Cantona

Amor y rabo de toro

Una tarta Bakewell para el G20

May the Google Translator be with us!

Hay que ver la mala cara...

Viva el Tomate

Cantabria o El elogio del bocadillo

Mezzogiorno: mare, amor y grano duro

Plutarco y la tarta de queso

Dedicado

Merluza al estilo de Cipri

Cerezas en el Jerte