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Mezzogiorno: mare, amor y grano duro

Este verano nos hemos ido de boda al Salento, al tacón de la bota italiana, nosotros y unos amigos, a la boda de una carisima amica que siempre será de la Puglia aunque naciera en Roma y haga 15 años que vive en Madrid.

Hemos estado en un precioso pueblo llamado Tricase, abajo del todo, en la propia suela del tacón, italiano de película de Fellini, donde el turismo es escaso, sincero y respetable, donde comer bien es un derecho humano y el mar Jónico es un regalo espectacular, un horizonte liberador, cristalino, maravilloso y fresco como la esperanza...

Pizzas, gelati, tarallini, pasta di grano duro y a vivir...

Uno a veces se encuentra entre la tesitura de si algo que va a hacer merece la pena: este viaje era algo así, la decisión fundamental tiene que ver con acompañar a alguien que aprecias en algo que tú sabes que le importa; para Mónica -una de esas buenas personas que no sólo te regalan su amistad sino la de muchos nuevos amigos, de las que suman, hacen grupo, enriquecen la vida y generan relaciones de confianza- el hecho de casarse suponía mucho más que una aceptación mutua de una convivencia afianzada, y en ese algo más queríamos acompañar su alegría, en eso, y en estar al lado también de su pareja, alejado, y no sólo geograficamente, de lo que hasta ahora había sido su vida.

Era un viaje repetido -si es que se puede repetir un viaje-, es decir, como dicen los malos turistas ya conocíamos la Apulia, Lecce, Gallipolli, Otranto y el maravilloso mar Jónico. Pero allí volvíamos, con un esfuerzo económico que desde luego se vió recompensado: bañarse en esas aguas azules, mezclarse con la gente en la Sagra de Sant'Eufemia de Tricase (una de esas fiestas populares en las que cada casa cocina su especialidad y la vende orgullosa por un módico precio a sus vecinos), volver a la Bahia dei Turchi, cenar al lado del mar en la antonomásica ciudad de Gallipolli, charlas de sobremesa y reir con los amigos nel tardo pomeriggio de Otranto.

Y luego la boda, la confirmación pública y ostentosa de dos personas que se quieren, que demuestran gritando que están juntos y que esa aceptación mutua la festejan, la celebran estrepitosamente, con la convicción de que en esta vida todo debe ser disfrutado de la mejor manera posible, quizás para dar razones y pretextos a esa vida para que realmente merezca la pena. Esa necesidad vital de que cada día vivido sea especial, de que no termine en el saco del olvido, en el día pasado... esa necesidad de que no se nos vaya la vida en un gasto necio y sin sentido, en la necesidad de mimar cada minuto, cada relación... y de exigirnos a nosostros mismos la mayor parte de responsabilidad en nuestra felicidad y también en la de los demás, hasta en la sonrisa que dedicamos al desconocido.

Si por si sola merece entonces la pena cada experiencia vital, y si entre el mar y el amor puede haber un enganche vital en el Salento, en el sur de Italia, es el arte en la utilización del trigo, del grano duro de trigo..., y entre todas ellas una receta fácil y casi olvidada en los repertorios de cocina italiana e incluso difícil de encontrar en internet: la del Rustico Salentino, un aperitivo estupendo para compartir, fuera de los circuitos masivos, sutil y glorioso, delicioso y oculto, una maravillosa metáfora del Salento.

Necesitamos:

Masa de hojaldre.
Dos cucharadas de mantequilla,
cuatro de harina blanca.
400 ml. de leche.
Nuez moscada,
2 tomates maduros,
mozzarella
y 1 huevo para pintar el hojaldre.

Con la mantequilla, la harina y la leche hacemos una bechamel espesa, partimos la masa de hojaldre en cuadrados de unos 15 cm, ponemos la bechamel con la ralladura de nuez moscada, una rodaja de tomate y otra de mozzarella.
Tapamos con otra capa de hojaldre, pintamos con el huevo batido y al horno precalentado a 180 grados unos 20 minutos.

Arrivederci

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