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Cantabria o El elogio del bocadillo

Parece que con la llegada de las vacaciones de verano uno entra en "los medios alternativos" para dejar de cocinar y –salvo en las salidas más turísticas donde uno se regala siempre alguna visita a un sitio especial- el resto de los días la comida se convierte en algo que hay que resolver... que si ya comemos cualquier cosa, que si ya como algo fuera de casa, que nos entra un relajo que nos deja sin ganas de darle a la cuchara.

Por estar en la playa, en tu pueblo o en casa de los amigos, se dedica uno con afición al tapeo o a llevarse por ejemplo unos bocatas a la playa. Y lo cierto es que bajar tempranito, cuando la playa permanece casi vacía, un paseo, jugar con la arena, un buen baño y luego unas tapas (en el Norte las sardinas, los mejillones, las rabas y el pulpo..., pero también en el Sur la fritanga, el pescaito, el jamoncito bien cortado...) y, por supuesto, un buen bocata traído de casa que disfrutar en el campo o sin salir de la playa, un bocata que guarda su esplendor bien envuelto, como una promesa... Propongo un buen pan de centeno, brie, aguacate, tomate y paté de aceitunas negras (tapenade, lo hago con aceitunas negras de Aragón, aceite, ajo al gusto, sal y abundante orégano -todo bien machacado en el mortero-), eso sí, chorreando un buen aceite de oliva verde, de esos que parecen zumo, y luego una buena charleta con la familia o un buen libro, este verano he disfrutado con Dickens: La Señora Lirriper y Grandes Esperanzas, Zulu de Caryl Ferey y El Hombre Inquieto de Henning Mankell... un gozo.

Desde luego que las vacaciones pueden proporcionarte muchas cosas, descanso, más tiempo con la familia, el tiempo suficiente para devorar libros sin contención y por supuesto tener el placer de pasar unos días soñando otras vidas, proyectos imposibles con las personas que más quieres, conversar sobre cosas tan importantes que nunca tienes tiempo para ellas y, por supuesto, volver a hacer un poco el ganso...

Eso por no hablar del plano social tan encantador en el que tantas veces se ve uno abocado, por ejemplo, cuando uno vuelve al pueblo de sus padres a pasar unos días, volver a ver a esa familia que ves menos, a disfrutar de los productos directamente traídos de la huerta, los huevos de gallina... todo enternecedor e incluso bucólico pero, claro, también uno se ve empujado a un entorno social que no conoce y que no siempre resulta cómodo.

¡Qué llegan las fiestas del pueblo..! y allá que se llena de los veraneantes para pasar esos días de encuentros sin parangón, aquel noviete que no ves desde los quince, esa amiga petarda de la juventud que sigue dándote la plasta, esas miradas que te han recorrido toda la vida de abajo arriba y de las que sólo esperas un juicio crítico a la altura de la tía soltera de Torquemada, todo en un plano de cotilleo invasivo que, por qué no, podemos decir que ameniza las noches de verano...

Que luego nos pasa de todo, entuertos y comprometidos encuentros que te dejan muerto de risa para todo el verano, porque las cosas como son, el tiempo no pasa para todo el mundo de la misma manera y las cabezas (la mía la primera) no retienen lo mismo en la memoria. Ya lo dijo el poeta, nosotros los de entonces ya no somos los mismos... pero ¡menudas diferencias! Lo mismo ves pasar por tu lado, sin darse siquiera cuenta, hecho unos zorros al amor de tu vida de los veintipocos años, que aquel graciosete aprendiz de barrilete cósmico hecho todo un pimpollo.

Vamos que la vida uno se la rellena con lo que puede y se nos queda con el mondongo que hemos ido preparando... Si le preguntas a un niño es obvio que el bocadillo se compone de lo dentro y de lo de fuera. A nosotros se han pasado la vida contándonos que lo importante es lo de dentro. También para los bocadillos.

Pero es un error que Pablo denominaría de percepción holística ¿?. No hay "lo de dentro" y "lo de fuera"... Lo importante es la conjunción. Por eso nos decepcionan a veces esos bocadillos codiciosos que más que lo de dentro parecen que hacen equilibrios circenses con todo el largo y estrecho de un restaurante donostiarra... con las estrellas Michelin incluidas. Y a veces simplemente se nos nubla la vista paladeando un buen pan con un buen jamón con su tocino ibérico hecho un perfecto roux en papel de aluminio. ¿Acaso todos hemos olvidado lo que era el pan con chocolate?

Y ¡qué narices!, el pan es muy importante ¿no?

Un bocadillo, un buen bocadillo, debe ser simple pero no rupestre. Debe ser manejable pero no ramplón. Debe ser audaz sin ser demasiado pretencioso. Ser flexible sin resignación, permitirte hacer otras cosas pero sin desaparecer... La verdad es que hay muchas cosas en esta vida que debieran parecerse a un buen bocadillo.

(Hay que ver lo que da de sí una metáfora en las playas de Cantabria).

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